"Acerca de la obra de mis manos, mandadme." Isaías 45:11
Nuestro Señor habló en este sentido cuando dijo: "Padre: quiero" Josué obedeció este mandamiento, cuando el en el momento supremo del triunfo levantó su lanza hacia el sol que estaba poniéndose y gritó: "Sol detente."
Elías también obedeció cuando cerró los cielos durante tres años y seis meses y después volvió a abrirlos.
Lutero obedeció igualmente cuando arrodillándose al lado del moribundo Melanchton, impidió a la muerte que tomase su presa.
Es una relación maravillosa, en la cual Dios nos invita a que entremos. Estamos familiarizados con aquellas palabras del siguiente párrafo: "Con mis manos he extendido los cielos y he mandado en todos sus ejércitos."
Pero que Dios nos haya mandado que le mandemos a Él, es un cambio en nuestra relación, absolutamente sorprendente.
¡Qué diferencia tan grande existe entre esta actitud, y las oraciones que hacemos dudando, vacilando, sin creer, a que nos hemos acostumbrado y las cuales por su perpetua repetición son ineficaces! ¡Cuantas veces durante su vida terrenal, Jesús colocó a los hombres en una posición para que pudiesen mandarle! Al entrar en Jericó, Él se paró y dijo a los pobres ciegos: "Qué queréis que haga por vosotros?" Es como si hubiese dicho: "Estoy a vuestras ordenes."
¡Podremos jamás olvidar cómo entregó a la mujer siro fenicia la llave de los recursos, y le dijo que podía servirse como quisiese?"
¡Qué mortal puede darse cuenta de la significancia plena de la posición en que nuestro Dios cariñosamente eleva a sus hijos? Parece ser que está diciendo "Todo cuanto poseo está a vuestra disposición."
"Todo lo que pidáis en mi nombre lo haré." Juan 14:14
"Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre, pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido." Juan 16:24
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